La Pintura Apocaliptica de Nabil Kanso
Un descendo al fondo de los infiernos de nuestro tiempo

Perán Erminy

El excepcional poder de conmoción que poseen las pinturas monumentales de Nabil Kanso parece estar en proporción directa con el alto grado de tensión y de angustia con que vivimos en el mundo actual, sumidos en un clima permanente d inseguridad y de violencia, a la espera de cualquier agresión y al borde de todas la guerras posibles.

En ese mundo sombrío que expresa Kanso con un patetismo llevado hasta la exacerbación extrema. Y es el encuentro de la sobrecarga de tensiones anímicas y formales que el artista concentra en sus obras, con las ansiedades y temores nuestros, lo que provoca ese estallido que sentimos en las pinturas de Nabil Kanso.


Pero lo que las imágenes de estas obras nos refieren no son los miedos y la amenazas posibles que nos acosan. En estas pinturas el terror ya esta desatado. No sabemos si desde siempre. Las llamas parecen eternas. No es un accidente. Es que las cosas so así. Todo esta condenado. Es el infierno que todos llevamos dentro. Del pincel de Nabil Kanso surgen de pronto personajes que se debaten en medio de un torbellino de llamas y de formas que los rodean. Esos personajes fueron creados así y allí se quedaron, padeciendo sus tormentos a perpetuidad. Seguramente ya estaban allí desde antes. En la imaginación del artista. Y ahora existen fuera de él, en sí mismos, como seres condenados, cuya presencia nos inquieta y nos perturba. Tanto más cuanto nos damos cuenta que somos nosotros quienes estamos allí. U que esa realidad es la nuestra.

Lo malo (o lo bueno) de estos mecanismos de identificación y de proyección a que nos somete el artista, que actúan compulsivamente como un espejo de nuestras oscuridades interiores, es que nos obligan a descender a “los pantanos del ser.” Porque las realidades que pinta Nabil Kanso so infernales como también es infernal la realidad de violencias que vive su país de origen, el Líbano. Y nos menos pavorosas son las amenazas de total exterminación nuclear y de guerras de la galaxias, que se ciernen sobre toda la humanidad. Y mientras esperamos, como los personajes del cuadro de Oelze, que sobrevenga la hecatombe infinita, el infierno se ha apoderado de nosotros. El hampa de los bajos fondos tomó las calles y el de los altos fondos tomó los gobiernos. La violencia agresiva, el crimen, la droga, el terrorismo, multiplicados en vertiginosa expansión universal, se abatieron incontrolados sobre nuestras ciudades, donde reina el desempleo, la inflación, la inseguridad personal, la opresión, la injusticia, la miseria. Es la crisis de una civilización que se derrumba. Y sabemos que la razón, derrotada, no nos sirve. Ya no tenemos mas esperanzas. Se acabaron las utopías. Se acabó el futuro. Estamos entrando en el Apocalipsis.

Es precisamente todo eso, envuelto en un clima agobiante de angustia, de miedo y de desesperanza, en el que los sobresaltos del instinto de conservación, en lucha contra las pulsiones de muerte, siguen impulsando nuestros intentos de rebelión o de huida, siempre vamos o fallidos, o nuestros deseos sexuales, transgresores, desatados y orgiásticos, como explosión de una fuerza libidinal reprimida. Todo esto es lo que pinta siempre Nabil Kanso. En enormes telas de dimensión mural, antes las cuales el artista primero se concentra, indeciso, ensimismado, reuniendo y acumulando energías, que se seguida se desatan, con todo el furor de un poseído, en un estallido de colores y de formas turbulentas, desplegadas compulsivamente con una agitación que es al mismo tiempo emotiva y muscular. Los trazos repentinos van registrando los gestos nerviosos de la mano, el brazo y todo el cuerpo del pintor, movidos por poderosas pulsiones interiores.

Anteriormente, en otra serie de murales (que no figuran en esta exposición), el artista desarrolló el tema del Apocalipsis, como también ha trabajado otros tema del Apocalipsis, como también ha trabajado otros temas bíblicos, míticos y literarios (siempre pinta series de obras un mismo tema). Pero esta vez, sin que el pintor lo hubiera previsto, aunque después lo aceptó, en Caracas decidimos titular su exposición “Apocalipsis según Nabil Kanso,” porque en el fondo, toda la pintura de Kanso es de tema apocalíptica.

Apocalipsis es una palabra griega que significa revelación, y es, como sabemos, un libro que contiene “las revelaciones hechas a San Juan durante su destierro en la isla de Patmos.” En sus misteriosas oscuridades el Apocalipsis expresa “la ira de Dios.” En Los horrores que salen de los siete sellos del libro escrito por dentro y por fuera, en las siesta plagas postreras que nos lanzan sus siete ángeles, en el odio divino que derraman sobre la Tierra los siete cálices de oro, en las desgracias y cataclismos que se cumplen cuando los siete ángeles van tocando las siete trompetas, y a todo lo largo del libro, el Apocalipsis nos describe y nos anuncia cuan terrorífica, cruel, despiadada y infinita es la ira de Dios, que nos somete a todos los tormentos inimaginables hasta la aniquilación universal.

Partiendo de este Apocalipsis, Nabil Kanso pinta el suyo. Que es el nuestro. Ahora, cuando el mundo se va a pique en una gran crisis, y cuando vivimos bajo el imperio de la angustia, el miedo y el opresión, es el momento en que, como decíamos, estamos entrando en el Apocalipsis. Una ves más los terrores fantásticos y los terrores de la realidad se corresponden. Son fenómenos universales que siempre guardan estrechas vinculaciones entre sí. De este modo, la acción especular de esta pintura, que refleja en ella a nuestras oscuridades interiores, actúa también como un espejo del mundo y nos hace descender a los pantanos de la historia. Así, esta exposición apocalíptica de Nabil Kanso nos ofrece una travesía: un descenso al fondo do los infiernos de nuestro tiempo.

En esta pintura lo patético es exaltado hasta el próximo. Pero, en el acto de su realización, después que el artista imagina, recuerdo y revive sus horrores y se siente identificado con lo que emerge de su imaginación, como si estuviese dentro de eso que imagina, y el mismo es el horror, como ocurre en las pesadillas, que una las vive como si fuesen reales, y uno es al mismo tiempo la victima, el victimario y todos los seres, objetivos situaciones y escenarios que emanan de nuestra mente; en ese momento ocurre un cambio. Porque todo esto es la realidad misma, y de alguna manera uno lo sabe mientras sueña y, por supuesto, lo sabe más aún cuando uno lo imagina, que es una vivencia más débil que la de pesadilla. Y sigue debilitándose cuando uno trabaja con esas imágenes mentales para convertirlas en palabras o en colores. Son representaciones. Uno hace presente lo que esta ausente. O presenta lo que no puede estar presente. Y allí se detienen definitivamente la imagen en la superficie de la tela. Pero esa imagen, que es una presencia inmóvil y muerta, revive cada ves en el acto de la contemplación. Entonces el sueño se apodera de uno y lo sumerge en sus horrores. Pero uno sabe que no le va a pasar nada, que esta seguro, a salvo de todas las irrealidades del arte, que permanecen encerradas en el espacio de sus telas, como las fieras tras las rejas del zoológico, mientras uno se pasea tranquillo en un elegante salón de exposiciones. Es el mismo que pasa con la literatura, el teatro, la danza, el cine. No son más que espectáculos. Para pasar el rato. Así sea un mal rato. Lo malo (o lo bueno) es que no es muy seguro eso de que no nos pase nada y que uno esté a salvo de todo riesgo. A veces, sí pasan muchas cosas, intensas, graves, perturbadoras, terribles. Y pueden llegar a ser, y han sido, como lo recordaba Antonin Artaud, fulminantes, fatales, enloquecedoras. O liberadoras. A esta última especie pertenecen las pinturas de Nabil Kanso.

El Nacional, Caracas, 26 de abril, 1987