ENTRE EL HORROR Y LA EMBRIAGUEZ DOMINADORA
Luis Camilo Guevara

Una teoría precaria sobre el libertinaje acaso desmantelaría toda operación ritual que atente contra la desesperanza. O lo que mismo: Nada afecta más la espontaneidad del hombre en su relación con el placer que el recato (a conciencia) de su desborde corporal, es decir, de su totalidad existencial. El hombre tiene perfecto derecho para dudar, si, no que lo diga su azaroso y inquieto vagar por el mundo de las entonaciones. Allí, hay un dilema entre lo fatuo y la expresamente carnal. Lo que uno mira, observa, toca, pertenece al plano de la libertad; lo otro, las consecuencias de ese mirar y tocar, no son mas que atentados inoportunos contra el libre albedrío. Casi siempre se opta por el libertinaje interior, o mas definitivo: por la capacidad de mirar y actuar, según la propia y pura determinación de la nuestra fuerza o pasión. Por supuesto, nada que hiera o dañe o perturbe al prójimo, no es o será indiferente. Tenemos la razón cuanto el poder para expresar el horror o la ternura. O ambas la vez.

Estamos aquí, frente a esta pintura descomunal de Nabil kanso. Una demostración irritante, atractiva y dolorosa. Pero es también exigente. Viene de lo primario y se regodea en el planteamiento de la actualidad, en el mostrar una aparente vigilia cuya obsesión es la inevitable batalla entre la vida y la muerte. Aquí estamos sirviendo de espectador, de fusilero, de asesino o de victima, lo cual se convierte en una excusa valedera como para no ser atrapo, sin demasiado, convicción y escándalo, por el morboso pensamiento y la parte simple y oscura del Otro, del que tiene siempre su melancolía estrujada en el alma. Y escuche los gritos, by el desespero, la incredulidad, el desorden. Intuí lo fantasmagoría, porque en ese cuadro cuyo inicio conceptual se extralimita fuera del percance cotidiano hay esperanza, dominio y carácter ecuménico.

         Esa la historia, la que perdura a través de los tiempos y carece de rostro inmutable. La fuerza esta también allí, precisa, indeclinable. Hasta la luz que parecía perdida entre tantos ayes y quejidos lastimeros, busca y encuentra una salida honrosa. Es la claridad, entre áspera y ardiente al mismo tiempo, de la noche que nos cae encina. La verdadera noche. La única noche. Y uno recorre con la mirada un espacio que es como el infinito contenido en una botella vicia, o tal vez, particularizando la imagen, una mar verídica bamboleando entre cielo y tierra. Hay sarcasmo de la dolencia física frente a los despojos de una profunda intimidad amorosa y nostálgica. Podríamos pensar en las causas que produjo tal acopio de fortaleza, sumisión y rebeldía. Tan contradictorio todo con la falsa ilusión de un agua serenismo. Podríamos indagar, si, en toda la trayectoria que este pintor obsedido y plenamente aterrado ante las lamentaciones, pero también sin pausa, un pintor que denuncia a todo pulmón, que grita escandalizado y terco manchándose hacia adentro. Este pintor no pone límite entre lo conocido y lo desconocido, su espectador pudiera ser igualmente solitario ciudadano esquivando el peligro y la cuerda fatal. ¿De donde viene esa incitación o ese rechazo a la paz? Cuado estamos, como ahora, frente a este abismo candente, nos parece que la historia del hombre se multiplica en cada pedazo inconcebible y austero del trazo que, igualitariamente, reduce lo individual a una angustia perseguidora y absurda, angustia transida de pasión, ciega y desmesurada como la sombra propia ya condenada a desaparecer porque, sin darnos descanso para meditar, todo sucede en instantes eternos, en luces y colores que están sugeridos detrás de una cortina funambulaza pero ardida como la zarza donde el hombre y su pareja han de consumirse ante los segundos indetenibles que preceden al holocausto.

Volvamos al sueno. Intentemos expresarnos a través de la sensualidad de esta pintura entre extraña y perturbadora de los sentidos. Ella (la pintura o la mujer que preside cada uno de estos fantásticos lienzos) se colma a si misma y traspasa la mas tupida frontera imaginable. El Azul que adquiere de pronto una totalidad incesante, no es tanto como otra diversión simple y extravagante de la sobre vivencia. Porque estamos aquí, sobre la tierra, para desaparecer un día, un posible día que no tendrá ojos, ni labios, ni boca, ni siquiera nada. Después, cada quien (de los espectadores actuales) se ira hacia su casa, hacia su soledad de siempre sintiéndose cada vez mas inseguro, o menos arrogante, frente a esa mirada interior que nos ha desnudado con sin igual maestría, con la terrible y portentosa seducción de una mesa de juego llena de luces apostadores.

¿Qué significa este color repitiéndose una y otra vez, afanoso, reiterativo, sabiamente chocante y repulsivo? ¿No es la mascara que utilizamos para escondernos entre la multitud? Lo habíamos dicho el libertinaje colectivo conduce a la expiación individual. Sólo expresando la posibilidad del apocalipsis es verdad el dolor múltiple u uno. Es que ya ni las ropas, oropel jactancioso de la vanidad, pueden convertir ninguna ruina en tolerancia exquisita. En justicia, sólo honor corresponde de una parte muy pequeña de la esperanza. Y la esperanza es lo único que tenemos para divertirnos, aunque sea con precariedad, en este aparatoso circo de la vida. Y toda certeza que habíamos acumulado hasta con cierta arrogancia y desparpajo, se nos viene encima en un golpe de duda y desesperación. Es lo que pinta Nabil Kanso para despertamos, o para que nuestro sueño adquiera una visión autentica del desastre final. Hasta ayer fue el hombre, únicamente el hombre, quien podría hacerse daño contra sí mismo. El era su reino de su imaginación. Cuestión simple y sin mayores prejuicios. El hombre lo había escrito en las covachas mas antiguas y sus símbolos permanecieron y esteran en las cortezas de los árboles y sobre la propia arena donde el mar espejea los misterios del tiempo. Decíamos que sólo el hombre podía dispensarse su propio porvenir y el porvenir de su pareja. Sólo el podía disponer del fuego, tanto como quisiera distraer o violentarse. El era el dueño. El Hacedor.

De manera que ahora todo ha cambiado. El poder de las armas es una terrible y absurda realidad que hace mutable el espacio hasta ayer siempre frecuentado de la calidez humana. Pero sigamos un poco más adentro de esta proposición dolorosa, que es la visión totalizadora de un pintor fuerte, estupendamente dotado por siglos de maestría expresiva, como Kanso. Nos damos cuenta del absoluto interés por la figura anónima, es decir. Por imponer el conjunto como objeto y medida de su arte. Pero, este conjunto, (las figuras casi difuminadas un tanto) pertenece a un reino específico de la cultura contemporánea: la gasificación. Lo que no tiene rostro carece de sentidos característicos, sin embargo, la prueba existencial no duele porque asistimos a un pre-holocausto, a una sentencia casi dictada ya por los reactores atómicos, o por algún invento que todavía no nos atrevemos a imaginar. Ni mucho menos nombrar, ya que los muertos no están incinerados en la tela, ni expandidas las vísceras en cualquiera de las perspectivas, nosotros mismos olemos a muerto, lo cual (sin mayores comentarios) es una acusación que se mantiene como hecho inconfundible de la sobre vivencia. Pero eso, esta pintura provoca la vida, ya que su agonía es un despertar doloroso, autentico, bien alimentado por el deseo superior de la conservación de esta especie realenga y vehemente que somos.

         Ahora bien, nos encontramos inmersos en una totalidad que es violenta, terrible, especialmente incisiva y que, por lo tanto, nos atrapa. Esto quiere decir. Recurramos a Georges Bataille:
“La violencia, que de por sí no es cruel, es, en la trasgresión, el acto de un ser que la organiza. La crueldad es una de las formas de violencia organizada. No es forzosamente erótica, pero puede derivar hacia otras formas de la violencia que la trasgresión organizada. Como la crueldad, el erotismo es premeditado.”

Esto para confirmar la situación rotunda de que frente a sí, el hombre era su propio contendor. Ya tal axioma no existe, ni existirá jamás. Es pura especulación volver sobre un pasado donde nada ha sucedido. Hasta hoy, cualquier cosa era posible. Imaginemos la mortandad mayor, la guerra mas cruel. ¿Hasta donde podía llegar ese exterminio? Bien, ese exterminio terminaría siendo local, es decir, mínimo, casi ridículo, lo cual tampoco es una afrenta ya que el hombre seguía siendo el absoluto. Por ahí, pudiéramos seguir deshilachando… como reafirmado el presente cotidiano más hermoso de todos: la convivencia, el otro camino; el odio, el amor. Sólo que la elección siempre resultaría. Por una o otra razón. Desde el cuchillo hasta la bala mas iracunda pertenecían a los ejemplos pertúrbales, definitivos. Fuese lo que fuese, la historia, esa que se cuenta y recuenta cada vez que se hace necesario afirmar o negar, involucraba un hecho por venir, una aspiración al la mañana, un conteo de días y noches, de horas y minutos, de lluvias y tormentas. Todo eso era real. Podía ser real. Hasta el pensamiento más estrambótico y delirante. En la esfera amorosa, hombre y mujer, tenían plenos derechos, por eso se auto castigaban inventando un recurso convencional para disfrutarlos en la más completa intimidad: el tiempo. Intimidad que, por otra parte soslayaba cualquier principio de individualidad incluyendo hasta el lenguaje y cualquier otra forma escandalosa o pulcra del placer. Hay un paso más allá: el erotismo. Es la lucha entre el poder carnal y el pudor de los sentidos. Ambos, luchando, existiendo desaforadamente, a través de viaje increíble que puede durar la eternidad. Mientras mas pudor, mayor extravagancia en el acto.

Eso fue pintado siempre. Fue escrito siempre. Pero sucede que, ahora, Nabil Kanso nos abre la otra ventana. Nos permite no existir, a partir del hecho más intranscendente y total del temor contemporáneo la extinción total del género humano. Porque eso es lo que esta allí frente a las propias narices de nosotros, los espectadores. Una muerte total que te pertenece y me pertenece. Una muerte que nos hace afincarnos en la profundo del amor. Pisando una superficie que es el abismo inconmensurable de lo sin memoria. Justamente, esa pintura no hace sentir la magnitud de lo que ya casi es inevitable. El artista es capaz de ensañarnos la inacabable oscuridad en un resplandor efímero a punto de estallar. Estamos, sí, frente al testimonio inteligente, sensible y apasionado de un maestro del tormento, y del amor. Kanso expresa fielmente, la orfandad, la rabia y la importancia de vivir. Tal vez, solo una visión de Blake pudiera estremecernos tanto:

La tumba es abierta, se echan las especies, el lienzo se envuelve los huesos de los muertos, la arcilla que los cubre, los nervios contraídos, desolados. Reviviendo se agitan, inspirando se mueven, respirando despiertan!

Aún a conciencia de que la obra de Nabil Kanso me haya producido una fuerte insolación visual, un escepticismo relativo y pueril, y que donde pudieran existir otras significaciones mas importantes que las mías, hechas bajo el impacto severo de la oposición creadora, se encontrara siempre para reafirmar el verdadero arte de hoy, aún, digo, estamos frente a un instante único, perturbador. De esta forma no me apropio de ninguna excusa y dejo una enseñanza de Octavio Paz par que releamos bajo el imperio de la lealtad: “El erotismo es la condición de la videncia. Además de ser conocimiento, la visión erótica es creación. Nuestra mirada cambia al objeto erótico: lo que vemos es la imagen de nuestro deseo.” La conclusión es tajante todo el dramatismo de la pintura de Nabil Kanso se produce en la vacío, en el abismo, por lo tanto, otra contradicción: de allí proviene la luz.

Caracas, Abril, 1987