DOBLEZ DE LA VIDA

NABIL KANSO Y LA VOCACIÓN DEL PINTOR

Angel Medina

¿Cómo dialogar con esta pintura que irrumpe en nuestro campo de visión con tanta violencia? ¿Será mejor recibirla, dejarse arrastrar por sus temas, por la resolución, por el valor de jugárselo todo en sus visiones, pasiones y profecías, que demuestra y demanda Nabil Kanso?

No vale la pena describir, comparar, situar en la historia o en el presenta esta pintura que es un grito con tantas resonancias. No vale la pena hablar de expresionismo, de política como tema en una edad de formalismos e invenciones triviales en arte, ni vale la pena reducir las intenciones o las pinceladas del artista a motivos subconscientes o a predisposiciones de raza o de clase. Hay que aventurarse primero, y quizás nunca cesar luego, en un intento de reciprocidad existencial. Hay que tratar de compartir con Kanso, pero no por medio de pintura (eso sería simple contagio emocional y no diálogo) sino en sus pintura, en Doblez de la Vida, ese mundo de fuerzas mentales y elementales, de cuerpos, de monstruos y de arquetipos, reducidos a dos dimensiones, aprisionados en la superficie del cuadro como entrañas prensadas bajo una fuerza opresiva que es la vida también.

Ese esfuerzo hacia una reciprocidad existencial, hacia una identificación de los horizontes (y de la estructura de los horizontes) de esta pintura con los nuestros, nos conduce a tratar de salir, de la mano de Heidegger, de esto impresos en seda, de esta láminas litográfica, hacia cuatro posibles dimensiones de profundidad, el cuadrado existencial heideggeriano: los hombres, los dioses, la tierra y el cielo.

Los hombres aparecen en Doblez de la Vida como cuerpos nada más. Cuerpos distendidos, torturados, penetrados por la energía de la llama o de la explosión, y en ellas fragmentados, gravitando como hojas en el viento o como residuos de materia consumidos por el fuego. En verdad los hombres han desaparecido, y el pintor nos presenta o no es posible desear que lo sean. Lo que queda es la Vida. Y así Kanso nos cierra el camino de la ironía de la Vida; porque las únicas ironías de la Vida. Y estas no son ironías sino leyes inescapables. Kanso se aventura tras de la línea original de la pintura como ironía, que es precisamente siempre narrativa concreta de intentos de escapar a toda ley. Tales intentos se reconocen a sí mismos, cuando no son didácticos o dogmáticos, como fallidos pero como valiosos a pesar de todo. Tales intentos producen en la cultura al hombre y al cuadro en su concreción como parte de un mundo transcendido al menos aquí y ahora. La ironía, que siempre tiene algo de humor, Cervantino o Quevedesco, es siempre de un hombre o de un echo (un libro, un cuadro) que son, o fueron este hombre única y mortal. En este horizonte, del cuadrado, Kanso rechaza la mortalidad, prefiere a Aquiles Y Héctor (la eterna pareja en mortal abrazo) sobre Ulises, que tantas veces engaña a la muerte y al final la acepta.

El segundo horizonte del mundo son los dioses en su inmortalidad. La inmortalidad de los dioses es simplemente otra forma de diferencia y de lo único, esta vez no de seres en el mundo sino del mundo mismo. Los dioses son inmortales pero no eternos. Los dioses presiden edades del mundo, cada una con su “sagrada familia.” No tendría sentido el que hubiera dioses si no hubieran hombres. Los dioses mantienen la confianza de los hombres en su mundo y la esperanza de los hombres en nuevos mundos. La inmortalidad es por tanto otra forma de aceptar la mortalidad. Nabil Kanso parece aceptar arquetipos y poderes demoníacos, pero do dioses porque nada es seguro par el sino la Vida (La Vida es así), y esta seguridad de la Vida anula la esperanza. La esperanza abre un destino en que la historia de los hombres y los dioses, la historia de un “pueblo”, merece ser contada como supervivencia de lo que ha perecido. Lo imperecedero no tiene historia sino es sólo un sucederse, y confundirse, de momentos de reflexión y de inconsciencia. Kanso quiere que sus visiones sean al mismo tiempo saber y consciencia del no saber, desesperación y nirvana. No hay aquí mal contingente: Flores del mal, belleza de lo malo, ni mal deseable para victimas corrompidas por el poder del opresor.

El tercer horizonte del mundo es el cielo, el horizonte mismo como divisoria entre el espacio y la tierra. El cielo es la apertura y la entrada de la luz en el mundo. Es cielo es pues la garantía de la distinción entre consciencia e inconsciencia. Kanso nos niega el cielo; sus pinturas se extienden hasta los bordes, sin espacio claro u oscuro y sin posibilidad de claroscuro. La luz emana de las figuras y las consume, so es por tanto luz sino fuerza en última instancia inconsciente. La consciencia, la luz, el espacio, el cielo están íntimamente relacionados con formas de redención por medio de la ironía, la aceptación de la mortalidad, la historia de un “pueblo” y de una “familia” de dioses. Luz contra la sombra. La luz absoluta seria la luz de Lucifer, tan ilusoria como indeseable. Para Kanso, La negación de la luz y la luz son absolutas, y en definitiva el mismo papel.

El Cuarto horizonte es la tierra, la fuerza que se ofrece a la luz de la consciente y cierra siempre contra ella. La tierra no es la negación de la luz sino el límite de la consciencia y de la aceptación de la muerte. Esta fuerza, si se encierra y contiene a si misma, puede solo tener presencia como negación de la consciencia. De ahí la paradoja de la pintura de Kanso que aparece como afirmación de la tierra, como absorción de la pintura en la tierra. Absorción de la pintura en fuerzas, dentro y fuera de la pintura misma, que so son humanas y ante las cuales el hombre aparece sólo como excluido.

La fragilidad de un hombre, cabria objetar, es lo único que mitiga la potencia de la tierra. ¿Qué importa que la tierra sepulte siempre a los hombres, si ha habido ya este hombre y puede haber otros? ¿Para qué proclamar la potencia de la tierra, si la tierra, como Vida, es inevitablemente proclama sólo por la fragilidad de hombres que conversan a través del tiempo los unos con los otros? La respuesta es que todo pintor quiere encontrarse con el terror fundamental que circunda su pintar, su dejar de ser humano para convertirse en este hombre. Doblez de la Vida es para Kanso tal encuentro. En cierto modo ese encuentro delimita y contiene al terror en cuadros. Todo pintor regresa así de lo visual a lo táctil, de tres dimensiones a lo humano y prehumano de lo bidimensional. Regresa así a los orígenes existenciales de la pintura. Todo pintor descubre así la banalidad de “La Vida”. Kanso repite aquí con la simplicidad del Gilgamesh su historia personal de los orígenes de la creación artística y de la consciencia. Se ha dado pues a si mismo la oportunidad de elegir entre pintar o no pintar. Ese arreglo al origen es siempre, por su misma fascinación, un gran éxito artístico. Pero en efecto es tan banal como el descubrimiento de la tierra. Su valor positivo está en que abre para el pintor su destino como pintor. Lo que sigue puede ser bueno o malo, el pintor puede lograrse o fracasar, pero el retorno de este viaje a los infiernos es siempre para el pintor que acepta su llamada una convicción similar a la del antiguo marinero: Navigare necesse est, viverenon necesse. Pintar es necesario, vivir no lo es.

El Nacional, 26 de abril, 1987, Caracas